Hay etapas de la vida que nos marcan sin que lo sepamos en el momento.
Para mí, una de ellas fue la adolescencia de tantos jóvenes con los que trabajé en mis primeros años como trabajadora social. No sabía demasiado todavía; aprendía día a día, a veces torpemente, a veces con sorpresa, pero siempre con una profunda gratitud por lo que los jóvenes me permitían ver.
Trabajé con ellos en escuelas, barrios, instituciones y espacios comunitarios.
Los escuché, los acompañé como pude, con las herramientas que tenía en ese momento: la escucha, la apertura, el no juicio, el respeto por la historia personal de cada uno.
Sin teorías elevadas, sin certezas absolutas.
Solo presencia y humildad para entender que acompañar a un adolescente implica, primero, comprender que uno no lo sabe todo.
Con el tiempo, me formé con profesionales de la psicología social, donde aprendí a leer grupos, dinámicas, pertenencias, roles. Aprendí que muchos conflictos de la adolescencia no eran individuales, sino sistémicos, sociales, vinculares.
Más adelante, la pedagogía sistémica me dio un lenguaje profundo para entender lo que ya intuía: que nadie llega solo a ningún lugar, que cada adolescente trae consigo una red de historias, afectos, lealtades y silencios.
Sin saberlo, todo eso estaba tejiendo una base que después, cuando conocí Montessori, tomó una fuerza que no imaginaba.
El día que entendí el Tercer Plano, entendí mucho de lo que había visto sin comprender del todo
Cuando me encontré con la visión de María Montessori, algo encajó de manera inesperada.
Montessori hablaba de la adolescencia como el Tercer Plano del Desarrollo, una etapa que describía como un “nuevo nacimiento”.
Y esa idea me atravesó.
Porque en mis años de trabajo social, yo había visto muchos “renacimientos”: jóvenes que se reinventaban después de una crisis, que descubrían una pasión nueva, que encontraban sentido en algo tan simple como ser escuchados, que cambiaban completamente cuando se les ofrecía un espacio donde podían participar, decidir o crear.
Montessori no hablaba de adolescentes “difíciles”, sino de seres humanos en plena recomposición psíquica, emocional, social y moral.
Cuando la leí en profundidad, entendí muchas de las cosas que yo había visto en silencio:
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Esa sensibilidad que se interpretaba como fragilidad, Montessori la veía como un recurso para desarrollar empatía y conciencia social.
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Esa necesidad de pertenecer que a veces parecía exagerada, ella la describía como parte central del desarrollo en este plano.
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Ese pensamiento crítico que tantas veces incomoda, para Montessori era señal de crecimiento y búsqueda de identidad.
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Esa aparente inestabilidad emocional era, en realidad, una reorganización profunda del interior del joven.
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Esa energía creadora, a veces caótica, era la forma en que expresaban su deseo genuino de encontrar un lugar en el mundo.
El Tercer Plano me permitió entender que la adolescencia, lejos de ser un problema, es un momento extraordinario… siempre que exista un entorno preparado para acompañarla.

¿Qué es realmente el Tercer Plano según Montessori?
Montessori describe esta etapa —de los 12 a los 18 años— como un período de construcción de la personalidad social.
El adolescente:
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nace al mundo social, así como de niño nació al mundo físico
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desarrolla una nueva conciencia moral
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intenta comprender su rol en la comunidad
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necesita experiencias concretas, no simulacros
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necesita trabajo con sentido, no tareas sin propósito
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necesita pertenecer, crear, equivocarse, debatir
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necesita adultos presentes que acompañen sin invadir
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necesita un espacio donde pueda reconstruirse sin sentirse juzgado
Montessori lo compara con la vulnerabilidad del recién
nacido: no por incapacidad, sino por la profundidad del proceso que atraviesa.
Y leyendo eso, entendí muchas cosas que yo había visto antes con otros ojos.
Mi camino profesional encontró en Montessori un orden, una filosofía y una dirección
La escucha del trabajo social.
La comprensión vincular de la psicología social.
La mirada amplia de la pedagogía sistémica.
La crianza de mis propios hijos.
La sensibilidad que desarrollé caminando junto a tantas familias y adolescentes.
Todo eso se integró cuando descubrí el Tercer Plano.
Sentí que todo tenía sentido.
Que mi recorrido no había sido lineal, pero sí profundamente coherente.
Y que desde ese cruce de caminos podía nacer algo nuevo, algo necesario: un espacio Montessori para adolescentes que contemple la complejidad humana con la que venía trabajando desde siempre.
Ahí nació la idea de Lumina.
Primero como intuición, después como necesidad, finalmente como proyecto concreto.
Lumina: cuando los caminos se encuentran
Lúmina es la síntesis de mis trayectorias, aprendizajes y convicciones.
Es Montessori, sí, pero también es trabajo social, psicología social, sistémica, neurociencia, escucha y territorio.
Es un proyecto que entiende que el adolescente no solo quiere aprender: quiere comprender, quiere crear, quiere pertenecer, quiere transformarse y transformar.
Por eso Lumina ofrece:
1. Un ambiente preparado para la realidad emocional y social del adolescente
Un espacio donde pueda pensar, crear, investigar, equivocarse y volver a empezar.
2. Proyectos reales con impacto
Montessori insistía en que el trabajo del adolescente debe tener un propósito real.
En Lumina, eso se traduce en:
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laboratorios de política y actualidad
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análisis social y comunitario
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emprendimientos y economía real
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ciencias aplicadas y proyectos interdisciplinarios
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arte, cultura, comunicación, oratoria y debate
3. Un acompañamiento adulto que integra varias miradas
No es control ni corrección.
Es presencia, escucha, contención, claridad y respeto por el proceso interno de cada uno.
4. Comunidad y pertenencia
El grupo no es un accesorio: es una herramienta fundamental del Tercer Plano.
Lumina crea comunidad, diálogo, cooperación y sentido de tribu.
Lumina: la luz que acompaña ese renacer silencioso
Lumina significa luz.
Y en mi corazón, ese nombre representa exactamente lo que la adolescencia es:
una luz que a veces titila, a veces brilla, a veces se esconde, pero siempre está intentando encontrar su forma.
Lumina nació para acompañar esa luz.
Para sostenerla cuando duda.
Para ampliarla cuando descubre.
Para guiarla cuando se desorienta.
Para celebrarla cuando se afirma.
Es el proyecto donde confluyen mi historia, mis experiencias, mis aprendizajes y mi compromiso con la educación y la vida.
Lumina es mi manera de decirles a los adolescentes y a sus familias:
Acá hay un lugar preparado para vos.
Para tu etapa.
Para tu sensibilidad.
Para tu potencia.
Para tu camino.
Y mientras ellos encuentran su luz, Lumina se vuelve parte de ese proceso: un acompañamiento respetuoso, profundo y humano para uno de los momentos más transformadores de la vida.
El Tercer Plano: la pieza que hacía falta para entenderlos de verdad
Montessori describe la adolescencia como un tiempo de reconstrucción psíquica, emocional y social. No un período de “problemas”, sino un tiempo de gestación interna, tan intenso como la primera infancia.
Me di cuenta de algo que me golpeó muy fuerte: los adolescentes no eran el problema… era el entorno el que no estaba preparado para ellos.
Ahí nació la idea de Lumina como una semilla, muy suave al principio, pero imposible de ignorar.
Cómo nació Lumina dentro mío
Lumina no nació en una oficina, ni en un Excel.
Nació en conversaciones con familias, en talleres con jóvenes, en aulas que me quedaban pequeñas para sus preguntas, en mis propios hijos creciendo, en cada adolescente que me dejó ver una parte de su mundo.
Nació también en mis vivencias como trabajadora social, donde vi lo que ocurre cuando un adolescente no encuentra un adulto que lo sostenga sin invadirlo.
Y nació, profundamente, desde esa convicción de que si entendemos el desarrollo, acompañamos mejor la vida.
Sentía que tenía un compromiso moral, profesional y humano:
crear un lugar donde los adolescentes pudieran atravesar este plano con dignidad, con belleza, con sentido y con estructura. Un lugar donde pudieran encontrar herramientas reales para su vida, no solo académicas, sino emocionales, sociales, comunitarias, éticas.
Ese lugar es Lumina.
Lumina: cuando una filosofía se vuelve un proyecto con alma
Lumina es la forma tangible de esa visión.
Es el puente entre lo que Montessori soñó y lo que nuestras juventudes necesitan hoy.
Quise crear un espacio que:
- no infantilice, pero tampoco abandone
- no presione por rendimiento vacío, pero sí por propósito
- no encierre en aulas rígidas, sino que abra al mundo
- no repita contenido, sino que despierte pensamiento
- no silencie emociones, sino que las alfabetice
Lumina es un proyecto que respeta el Tercer Plano, pero también lo actualiza, lo contextualiza y lo abraza desde la realidad argentina, desde las necesidades locales y desde mi experiencia en terreno.
- Un ambiente preparado para su psiquismo
Cálido, flexible, real. Un espacio que invita a trabajar, reflexionar, investigar, crear, equivocarse y volver a intentar.
- Un currículo Montessori vivo y contemporáneo
Con laboratorios de:
- política argentina e internacional
- análisis legal, debate y oratoria
- ciencias con sentido práctico
- economía, emprendimiento y proyectos productivos
- periodismo, comunicación y cultura digital
- arte, literatura y pensamiento simbólico
Cada área está diseñada para tocar preguntas humanas, no solo contenidos.
- Proyectos reales con impacto
Porque el adolescente necesita ver que lo que hace sirve, que tiene lugar en la comunidad, que su voz transforma.
- Un acompañamiento adulto firme, presente y respetuoso
Desde mi formación Montessori, mi recorrido en trabajo social, mi experiencia acompañando familias y mis años en educación, entiendo que el adulto en esta etapa es base segura, guía y guardián del proceso.
- Un espacio de pertenencia
Montessori decía que la vida social es el centro de este plano.
Por eso Lumina crea tribu, comunidad, grupo.
Un lugar donde sentirse parte, pero también protagonista.
El propósito profundo: iluminar caminos
Lumina significa luz.
Y esa luz no es la nuestra como institución:
es la luz que cada adolescente trae dentro y que muchas veces el sistema tradicional apaga o ignora.
Lumina nace para encenderla.
Para sostenerla en los días difíciles.
Para ampliar su brillo en los días de descubrimiento.
Para acompañar el enorme trabajo interno que realizan en silencio.
Nace para ofrecerles un espacio donde puedan ser, pensar, crear, reconstruirse, equivocarse, acertar, repararse… y crecer.
Porque creo profundamente que cuando acompañamos bien la adolescencia, transformamos el futuro.
**Lumina no es solo un proyecto.
Es una convicción. Es una necesidad. Es una respuesta amorosa y profesional.**
Es el fruto de años de observar, escuchar, trabajar, estudiar y caminar junto a jóvenes y familias.
Es la integración de Montessori, de la pedagogía consciente, de mi experiencia en política social, de mis hijos, de mis escuelas, de mis alumnas, de mis alumnas madres, de cada historia que tocó mi vida.
Lumina nace porque creo en ellos.
Porque veo su potencial.
Porque confío en su proceso.
Y porque sé, con absoluta claridad, que la adolescencia necesita algo distinto… algo que la honre.
Lumina es mi aporte a esa necesidad.
Mi forma de decirles: acá hay un lugar para ustedes. Un lugar pensado para su tiempo, su mente, su corazón y su identidad en construcción.
